La inseguridad es un factor de retroceso nacional


Luis HIERRO LÓPEZ
Vicepresidente de la República (2000-2005)


No sólo es posible mejorar la situación de la seguridad pública, sino que además es imperioso hacerlo si realmente deseamos construir un país moderno y avanzado, porque la sociedad no cambiará ni mejorará si se encuentra o se siente en estado de indefensión, entre la incertidumbre y el temor.
Hay un fuerte vínculo entre la seguridad pública, las garantías individuales;  la formación y el crecimiento de las personas y el desarrollo de los países, por lo que el retroceso que vive Uruguay con sus actuales niveles de inseguridad - que son muy altos con relación a los que tuvimos en el pasado reciente, que es la única comparación que importa – es un escollo muy importante para el futuro del país.
Para cambiar esta situación se requiere una conjunción de acciones, muchas dependientes del gobierno y otras provenientes de la sociedad, de las ideas y de los comportamientos, y es allí donde nuestro Partido puede influir de inmediato.
Es indudable que la ola delictiva tiene muchas causas, económicas, sociales y culturales, pero es igualmente evidente que el país no puede quedarse en la explicación de los hechos. La sociedad, el Estado y el Gobierno tienen que reaccionar con toda su energía y su inteligencia para recobrar los sentimientos perdidos de seguridad y para devolver a los uruguayos las sensaciones y las realidades de tranquilidad y de paz. Es peligroso para el destino de un pueblo vivir con miedo, porque el miedo suele provocar reacciones exageradas o innecesarias. Y es riesgoso advertir que las autoridades se ven superadas o se dejan ganar por la inacción. Eso provoca un profundo sentimiento de indefensión y de inseguridad y finalmente, de desconfianza en el propio Estado y en la Democracia.
Mencionaremos aquí algunos de esos puntos cruciales que el Uruguay debe encarar, tareas imprescindibles más allá de la orientación que tengan los gobiernos en el futuro.

EL EJERCICIO NATURAL DE LA AUTORIDAD DEL ESTADO

La actual crisis en materia de seguridad pública está asentada en causas de larga duración, pero también se ha acelerado por la inacción de los gobiernos del Frente Amplio, que se han dejado llevar por confusiones y prejuicios ideológicos que han dejado al Estado en una situación de indefensión.
En cualquier circunstancia en que se encuentre un país – de crecimiento económico o de recesión, con poco desempleo o con mucho – es obligación de los Estados custodiar la vida y los bienes de las personas, previniendo y reprimiendo el delito.
Darle un signo ideológico o una explicación sociológica a las actividades delictivas es un acto de ingenuidad que se paga caro, además de ser un ejercicio intelectual inconducente, porque en los hechos las interpretaciones materialistas y unilaterales que practicaron los jerarcas gubernamentales desde 2005 para acá, sosteniendo que la delincuencia se generaba por la anterior extensión de la pobreza, han fracasado rotundamente, al comprobarse que el delito siguió aumentando pese a que Uruguay vivió, como reflejo de la situación internacional, un período de crecimiento  económico sostenido y permanente como nunca antes se había dado. Según la interpretación en boga, el delito debió haber bajado, pero fue al revés.
Tampoco alcanza con el pretexto de que la sociedad es igualmente violenta en todo el mundo y que el azote de la droga se ha instalado en todo tipo de países. Hay ciudades y regiones que han logrado un abatimiento extraordinario de la ola delictiva, por lo que no tenemos que resignarnos.
Los gobiernos tienen que dar señales claras de que están dispuestos a combatir al delito. Eso no es de izquierda o de derecha, eso es sentido común. Los países y los Estados tienen que demostrarle a las organizaciones delictivas una férrea voluntad colectiva de imponer la ley y de cuidar a las personas. Si, como ocurrió en el período pasado, el centro de atención gubernamental fueron las personas recluidas en las cárceles y no sus víctimas, la señal que se dio es la contraria. Eso no solo resultó ingenuo, sino que terminó siendo nocivo y peligroso.
Además, los populismos trasmiten una serie de pulsaciones sociales y culturales que se convierten en contravalores: facilismo, irresponsabilidad, igualación hacia abajo, asistencialismo, todo lo que genera un clima propicio para el no cumplimiento de la ley y para el crecimiento de la condescendencia o la dejadez. En Uruguay eso se tradujo, por ejemplo, en la insólita situación creada con los carritos de los hurgadores, una clara expresión de retroceso social y urbano;  o en la permisividad para corregir la situación de las personas sin hogar, que ocuparon los espacios públicos ante la pasividad de las autoridades. Expresiones similares de esa actitud se daban cuando, ante una denuncia de la existencia de una boca de pasta base en un barrio, se argumentaba que no se iba a actuar de inmediato para profundizar la investigación, profundización que luego nunca llegaba.  O cuando desde la cúspide del Estado se defendía a “los muchachos”, los menores delincuentes, aunque cometieran cualquier tropelía. El colmo se produjo hace poco cuando un gobernante local encontró lógicos los robos en un barrio residencial porque allí viven los ricos.
Esa mezcla de solidarismo mal entendido, de asistencialismo y de ausencia de responsabilidad  fue creando un ambiente propicio para la extensión del delito, con un discurso oficial que lo justificó. La sociedad perdió en buena medida sus valores, el apego por la ley y una clara distinción entre el bien y el mal.
A su vez y respondiendo a sus antecedentes, el Frente Amplio no ejerció la autoridad del Estado por temor a ser acusado de autoritarismo, cuando en realidad para conducir a la Policía y para combatir al delito sólo se requiere ejercer la autoridad del Estado dentro de la ley. No se trata de aplicar mano dura ni de adoptar la tolerancia cero, sino meramente se trata de aplicar la ley. Las señales dadas por los gobiernos del Frente Amplio, sobre todo en el período 2005 – 2010, fueron en el sentido contrario, con lo que la Policía perdió el sentido de la verticalidad y del mando. Las organizaciones delictivas vieron facilitada su actuación.
Además de esa carencia tan importante con relación al uso legítimo de la autoridad del Estado, el Frente Amplio tiene otra dificultad para ejercer el mando: aún desconfía históricamente de la Policía, sospecha de su condición institucional y moral. Así lo han confesado algunos dirigentes frenteamplistas, reconociendo que todavía influyen los prejuicios de tiempos de la dictadura.
En esas condiciones, es muy difícil que los gobiernos puedan actuar con seriedad y eficacia. El relato sobre las gestiones de los ex ministros de Interior desde 2005 para acá sería muy ilustrativo al respecto.
Hubo algunas reacciones positivas y la señal que ofrece actualmente la Policía con los mega operativos en los barrios va en la dirección adecuada, ya que es imprescindible recuperar el control de los espacios públicos y asegurar que no haya territorios inaccesibles para la autoridad policial. La duda que queda sobre la eficacia de los mismos tiene que ver con la enorme publicidad que tienen, convirtiéndose en shows policiales. Sería mejor que se hagan más sorpresiva y discretamente.

  DEMOCRACIA, INCLUSIÓN, CIUDADANÍA

Es evidente que la política de seguridad debe ser de larga duración y por lo tanto requiere el acuerdo de todos los Partidos. Por ejemplo, para modificar el mecanismo establecido por el artículo 222 de la Rendición de Cuentas de 1964, se requiere un proceso largo, que seguramente superará el período de un gobierno. Por lo tanto, debe haber perseverancia en la misma dirección, comprometiéndose los Partidos a no cambiar las grandes líneas pactadas.
En este período se arribó en agosto de 2010 a un acuerdo parlamentario para impulsar propuestas comunes. Pero ese acuerdo no se ha aplicado como corresponde. El clima de entendimiento es cada tanto lesionado por las autoridades, que hacen prevalecer sus visiones partidarias o ideológicas. (El propio Ministro del Interior, en una tribuna partidaria, volvió hace poco a responsabilizar a los gobiernos anteriores a 2005 porque sus políticas económicas provocaron un auge de la delincuencia juvenil, atacando por lo tanto a otros Partidos con los que tiene necesariamente que acordar.)
Además de tener capacidad para generar acuerdos políticos y legislativos y mantenerlos en el tiempo, es claro que hay que tener una visión global sobre las políticas integrales, que incluyan diagnósticos y medidas adecuadas en materia carcelaria, antidrogas, judicial y de recuperación de los menores delincuentes. No abundamos aquí sobre la política de represión del consumo y tráfico de drogas, porque ella será analizada en otro taller del Congreso Ideológico.
Desde nuestro punto de vista, la respuesta más completa ante todos esos desafíos es que hay que expandir la democracia y la ciudadanía para garantizar un abatimiento de la delincuencia. Suponiendo que los niveles de inclusión social y económica serán crecientes, una sociedad como la uruguaya tiene que reconstruir el tejido social con un renovado modelo que fortalezca la democracia y la ciudadanía, garantías de la civilización y de la convivencia armónica.
Pero todo ello es el fondo de la cuestión. Mientras tanto la Policía tiene que vivir una importante transformación, para dar respuestas más profesionales y eficaces.

  HAY QUE CAMBIAR EL MODELO POLICIAL

Aún en estos tiempos en los que ha bajado el desempleo, la Policía sigue siendo bolsa de trabajo de la sociedad, a la que acuden personas sin vocación ni preparación para esa profesión pero que encuentran allí un medio de vida.
Recientes encuestas e investigaciones indican que una considerable proporción de policías no se encuentran motivados ni comprometidos con su función y que si pudieran, tendrían otro trabajo. Son frecuentes los casos de alta tensión laboral y atención psicológica.
Es decir que, siendo la Policía una  institución pública monopólica que debería imponer las condiciones de ingreso, se ve sin embargo sometida a las reglas del mercado laboral, sin poder reclutar al personal según sus propias necesidades y cediendo ante la presión de la demanda. En las oportunidades en que se aumentaron las exigencias de ingreso, disminuyó claramente la cantidad de aspirantes.
Como consecuencia de todos estos procesos, el modelo policial que prevalece es cuantitativo, existiendo la idea de que el país necesita más policías para enfrentar al delito, motivo por el cual cada tanto las autoridades rebajan los requisitos de ingreso para poder contar con más personal en forma inmediata, lo que es contrario al concepto de “carrera policial” que es el que debería imponerse para lograr una Policía más eficiente y mejor organizada.
Tiene que haber una carrera profesional más exigente y competente y los policías deben ingresar a ella con el sexto año de secundaria aprobado y egresando como licenciados en criminalística.
De esa forma podrá cambiarse el modelo cuantitativo por uno cualitativo, en el que tengamos policías bien pagos, altamente profesionalizados y vocacionales. No es una quimera: otros países similares al nuestro, como Chile, han recorrido ese camino y lo hicieron con éxito.

  EL VALOR DE LA OPINIÓN PÚBLICA

Para que las políticas de seguridad pública tengan éxito o por lo menos provoquen la aceptación de la mayoría de la población, la información oficial debe ser confiable, las estadísticas sobre la cantidad de delitos deben ser indesmentibles y la gestión debe ser absolutamente transparente.
Esos requisitos no se cumplen actualmente en nuestro país, donde se han cambiado los criterios estadísticos sin fundamentos y se relevaron a los jerarcas de las oficinas respectivas aparentemente por ajustes de las internas partidarias. Si hay una manera directa de provocar la desconfianza de la población es esa, a través de una intervención directa e indebida de las autoridades en las estadísticas oficiales. Habría que generar información objetiva y neutral – quizás en alguna otra esfera estatal – sobre la evolución del delito, para restaurar la confianza del público.
No hay procedimientos y mecanismos eficientes para que las víctimas de rapiñas o de hurtos reclamen ante la Policía. En 1998 impusimos en el Ministerio del Interior el funcionamiento del servicio telefónico 0800-5000, que tenía esa finalidad. Pero ahora se usa ese servicio con otros criterios. La denuncia ante la Comisaría suele ser un trámite lento y sin destino, sabiéndose de antemano que no habrá ninguna respuesta concreta sobre las averiguaciones. Hay que pensar en la creación de una institución o instancia externa que permita poner en marcha las apelaciones que correspondan, para que la Policía deba responder e informar. Cunde, tanto en la sociedad como en el Estado, una especie de desidia aceptada, una resignación en el sentido de que no se podrá profundizar la investigación, motivo por el cual muchos delitos ni siquiera son denunciados, porque la denuncia sería solamente una “pérdida de tiempo”. Esa conducta es nociva y hay que revertirla, porque la Policía, como cualquier otra institución pública, debe rendir cuenta de sus resultados.
En el mismo sentido, cabe recordar que la población no tiene acceso a la información estadística sobre la acción de las Comisarías, por lo que no sabe cuántos procedimientos fueron eficaces, cuántos robos hubo en el barrio, cuántos se investigaron, cuantas personas fueron detenidas y cuántas procesadas. Así como la sociedad contemporánea reconoce cada vez más el derecho de los ciudadanos a juzgar el funcionamiento de la policlínica o de la escuela o liceo del barrio, debe reconocerse el derecho de la gente a juzgar la actuación de las Comisarías. Eso requiere llevar adelante una gran tarea de transparencia, que es superior y más profunda respecto al buen vínculo que se ha logrado con la instalación y funcionamiento de las comisiones barriales.
La seriedad en el manejo de la información que debe dar el Estado, la transparencia de las actuaciones y la participación constructiva de la opinión pública – no como una mera expresión de protesta – son factores muy importantes en el diseño de las nuevas políticas de seguridad.                

 LA POSICION IDEOLÓGICA DEL PARTIDO COLORADO

La campaña de recolección de firmas para convocar a un plebiscito de reforma constitucional que imponga la imputabilidad de los menores, ha sido y es positiva para el país y para los intereses del Partido Colorado. Posiciona a nuestra colectividad en la vanguardia social y política en un tema que es de un gran impacto en la opinión pública.
Sin embargo, nuestros aportes e ideas no pueden ni deben quedar reducidos a esa iniciativa, por varios argumentos que se enumeran a continuación.
1)       No podemos trasmitir la impresión de que sólo bajando la edad de imputabilidad penal los problemas que el país vive en esta materia comenzarán a resolverse. La Propuesta del Partido es más amplia que esa interpretación simplista, pero quizás eso es lo que reciba algún sector de la población. El Partido debe insistir con una divulgación  racional de su iniciativa  de reforma constitucional, teniendo en cuenta todos los factores que la impulsan.
2)       El Batllismo, que ha hecho de la educación y de la valorización del hombre un axioma, no puede resignarse a pensar que sólo las medidas de reclusión son eficaces para los delincuentes jóvenes. La reclusión será inevitable según la gravedad de los delitos, pero su rehabilitación deberá ser una prioridad. No podemos arrinconarnos en la idea de que un joven es irrecuperable, aún cuando sus antecedentes sean peligrosos. Tenemos la obligación de exigir que el Estado y la sociedad realicen todos los esfuerzos que sean necesarios para rescatar a ese joven delincuente y darle un destino más digno que la marginación cultural, la violación de la ley y el retorno al delito. Los batllistas, a partir de  nuestra concepción humanista, sabemos  que en todas las personas existe un potencial, una habilidad, una riqueza que debe ser apoyada, facilitada, para que desde el esfuerzo individual las personas puedan superarse.

3)       Cuando la Convención Nacional dispuso recorrer el camino de la baja de la edad penal, quedó claro que la posición ideológica de nuestro Partido no era reaccionaria ni conservadora, sino el mero reconocimiento a un hecho social y cultural que viene dándose en todas las sociedades. Pero para evitar que los adversarios nos etiqueten y nos ubiquen en la derecha – que es lo que el Frente Amplio hizo en el pasado, con éxito relativo; y procura hacerlo ahora otra vez – el Partido debería acompañar su prédica pública a favor de la rebaja de la edad penal con un mayor énfasis en las ideas de vanguardia que hemos venido desarrollando en materia educativa. Nadie pudo presentar un conjunto de ideas tan avanzadas en materia educativa como las que manejó el Partido Colorado en los últimos años y se da la contradicción de que aquellos que se autodefinen de izquierda y creen ser los progresistas, se encuentran en una total orfandad ideológica y una enorme confusión intelectual al momento de tener que imponer reformas en la educación.
4)       Por lo tanto, la instalación de escuelas y liceos de tiempo completo, la universalización del preescolar de tres y cuatro años, la consagración de más horas de clase y el resto de las iniciativas similares que nuestro Partido ha generado, deben seguir siendo nuestras mejores banderas para garantizar una mayor inclusión de los jóvenes, para que haya más democracia y mejor ciudadanía, que es la respuesta cultural y de fondo que el país debe dar a los fenómenos de desintegración social. El  tradicional eje batllista de inclusión social, que comprende los conceptos de educación- empleo- ciudadanía,  no ha sido superado por otro modelo de intervención social, menos por los actuales planes de asistencialismo
5)       Tras la guerra de 1904, Batlle y Ordóñez sintió que la reconstrucción del país y la superación definitiva de los enfrentamientos armados y las guerras civiles iba a venir de la mano de la extensión de los servicios educativos. Era imprescindible que el Uruguay de entonces viviera un importante cambio cultural; se había terminado el siglo de la violencia y empezaba un siglo de la paz y la democracia. Había 200 escuelas y se duplicaron en poco tiempo y se crearon los liceos departamentales y nocturnos, con lo que se abrió un nuevo horizonte cultural e intelectual para los jóvenes y para la población en su conjunto. Ese mandato ideológico y ético y lo que significa como señal de identidad, debe seguir orientando nuestras posiciones.

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