José GÓMEZ LAGOS
Abogado. Periodista
La extensa tierra colombiana, con aroma de café, espectacular colorido de flores, riqueza en esmeralda y petróleo, ha sido escenario principal de la gesta independentista latinoamericana. Al tomar para sí, el nombre que Bolivar concibiera para el efímero proyecto de la Gran Colombia –que también integraron los territorios de la actual Venezuela y Ecuador- originó la protesta de los países que formaron parte de aquel ambicioso conjunto geopolítico, por considerarlo patrimonio común y no exclusivo de una de las partes.
Colombia nos acerca inevitablemente el recuerdo de la tragedia de Medellín, que arrebató la vida al inolvidable cantante rioplatense, generando simultáneamente un nuevo vínculo de solidaridad. Todavía queman cruentamente los fuegos que ardieron en el aeropuerto Olaya Herrera e incineraron a Gardel, Le Pera, al guitarrista Riverol… devorando en la hoguera, los misterios sobre la vida y la muerte del extraordinario artista.
El país, que con su nombre rinde homenaje a Colón, aunque sufrió la separación de Panamá, en extensión es el segundo de Sudamérica, tercera población de Latinoamérica (45.000.000 de habitantes), cuarto PBI después de Argentina, Brasil y México (vigésima séptima economía a nivel mundial). El Producto Bruto Interno de éstos cuatro países, constituye alrededor del 80% de la producción latinoamericana. La deuda externa del país, continúa creciendo en dólares, mientras el desempleo ascendió a 13.5% en 2010. En Desarrollo Humano ocupa el lugar setenta y nueve, tiene alrededor de treinta millones de pobres (45.5% de pobres y 16.4% en pobreza extrema). Detenta el segundo lugar de América Latina en desnutrición, 13% de desnutrición infantil. En desigualdad social está ubicada entre los últimos de Latinoamérica y paga con pésimos resultados sociales, el inmenso gasto en seguridad.
Hace casi cinco décadas, un contingente de colombianos, confiados en la claridad de profundas reflexiones ideológicas, pensó que sus ideas podían construir la felicidad común y pusieron manos a las armas, creando lo que denominaron Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Su accionar llevó al país al borde de la disolución, manteniendo una permanente zozobra, peligro y muerte, en aras de un futuro promisorio, garantizado por ideas extraordinarias, que el resto de los colombianos no quiere o no está preparado para comprender (causa directa de la migración de más de 700.000 familias). El prolongado conflicto armado ya tiene una larga estela de torturas, secuestros, crímenes y desapariciones físicas. En tanto, los gobiernos electos por el pueblo, han procurado sostener y fortalecer la democracia, pero con un gasto militar –tres veces superior al gasto en educación- predominante en el presupuesto de un país tristemente ubicado en el lugar ciento treinta y ocho entre ciento cuarenta y nueve, del indicador de Paz elaborado por The Economist. En materia de corrupción, está ubicado en el lugar setenta y cinco (entre ciento ochenta países). El permanente estado de conmoción política y social, ha sido determinante para su calificación como Democracia Imperfecta.
El segundo país más rico del mundo en biodiversidad, tiene como principales actividades, la extracción de minerales, agricultura y turismo (que resurge al restablecerse parcialmente la seguridad), aunque apenas puede destinar a la inversión en infraestructura, el 7% del PBI. En materia de Libertad Económica, ocupa el lugar cincuenta y ocho entre ciento setenta y nueve países evaluados, categorizado como “moderadamente libre” (tercera categoría de un total de cinco) en el Informe de la Fundación Heritage.
La contemporaneidad del país hermano, está lejos del sueño de los Libertadores, y seguramente alejado de la aspiración de los colombianos, que no han logrado alcanzar el desarrollo, bienestar colectivo, ni siquiera seguridad interna, tampoco niveles aceptables de educación, salud o ingresos, aunque los buenos vientos que soplan en la región, han permitido mejorar diversos indicadores. Continúa padeciendo el flagelo de la insurgencia, con elevados niveles de violencia, pero con una firme convicción democrática, que ha perdurado aún en las peores épocas de apogeo guerrillero.
Algunos uruguayos quisieran poder borrar huellas de nuestro pasado, para mimetizarnos más con la rica, tradicional y diversa Latinoamérica, aunque implicara desviarnos de la senda que nos ha llevado a ocupar lugares de vanguardia en el concierto internacional, que por tanto, posibilitara la elevación moral, intelectual y material del pueblo. Los primeros lugares que ocupamos entre nuestros países, obedece menos a emprendimientos actuales, que a fecundas ideas, políticas reformistas, acciones eficaces y rumbos singulares, propuestos y transitados durante buena parte del siglo veinte. Alarma advertir, que progresivamente –en medio de inusitada bonanza- estamos cediendo posiciones en las sucesivas mediciones, mientras sin reaccionar, continuamos descendiendo, confundidos, deficitarios en ideas, con notorios retrocesos. En el rescate, conocimiento, innovación y aplicación de ideas de progreso, parecería estar el desafío para la forja de un país sano, próspero, libre, en condiciones de aportar al mejor porvenir de nuestra América.
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