Mario PÍRIZ
“El luminoso mañana se forja en el vientre de la mujer y en el cerebro del filósofo. Si la carne es hija del amor, también son hijos del amor el arte y la ciencia, pues sólo es grande el que produce algo nuevo, y no se crea sin amor”. Rafael Barret
Con razón o sin ella, la inseguridad domina la sociedad contemporánea. El sistema político y de gobierno lo tiene entre los primeros lugares de la agenda. Posiblemente se hayan estudiado todas las explicaciones y ensayado todas las soluciones. Hartos de tanta retórica, es necesario, de una vez por todas, indagar a cerca de la raíz de todos esos problemas que le quitan el sueño a la gente.
Y en eso de buscar la raíz, nada mejor que hacerlo de la mano de aquellas personas que en su breve pasaje por la existencia dejaron huellas indelebles en el alma colectiva. Profetas laicos, viven la inmortalidad de los auténticos. Sembradores de humanidad se siguen prodigando haciendo brillar como planetas, las estrellas de la Justicia , de la Libertad y del Amor.
Recordarlos es un ejercicio imprescindible al espíritu; ellos en su tiempo y sus circunstancias, bucearon lo hondo, revelaron las raíces y abrevaron el agua fresca para la vida. Fueron y son paradigmas aún no del todo conocidos. Escritores, periodistas, políticos, y fundamentalmente luchadores de siempre por la vida, son antorchas que iluminan y a las que volvemos cada vez que el oscurantismo y la hojarasca dificultan la marcha ascendente de la naturaleza y los seres humanos.
El célebre escritor hispano paraguayo, Rafael Barrett es uno de aquellos. Murió hace 100 años, el 17 de diciembre de 1910, en Francia, a las 4 de la tarde, a la edad de 34 años, víctima de la tuberculosis. Libertario y humanista, fue sin duda un ciudadano del mundo.
“Hombre bueno, honrado y heroico, huésped de un país extranjero, adoptó su “dolor” y su “yo acuso”, si cabe más valiente que el otro;” escribió Vaz Ferreira a propósito de la vida y obra del joven Barret, especialmente por las denuncias de la esclavitud moderna en los yerbales del Alto Paraná, en su libro “El dolor paraguayo”.
José Enrique Rodó, en carta comentando el libro “Moralidades” reconocía que su lectura despertaba impresiones, aún en “aquellos que no somos socialistas, ni anarquistas, ni nada de eso –decía el autor de Ariel -, en la esfera de la acción ni en la de la doctrina, llevamos dentro del alma un fondo, más o menos consciente, de protesta, de descontento, de inadaptación contra la injusticia brutal, contra tanta hipócrita mentira, contra tanta vulgaridad entronizada y odiosa, como tiene entretejidas en su urdimbre este orden social transmitido al siglo que comienza por el siglo del advenimiento burgués y de la democracia utilitaria”.
A cien años entonces de su muerte, dejemos hablar al propia Barret. Gallina uno de sus cuentos, pequeña obra maestra, es una antorcha que lucha por disipar las tinieblas que pretenden ahogar el futuro.
“Gallinas”
Mientras no poseía más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada.
La propiedad me ha hecho cruel. Siempre que compraba una gallina la ataba dos días a un árbol, para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil el amor a su antigua residencia. Remendé el cerco de mi patio, con el fin de evitar la evasión de mis aves, y la invasión de zorros de cuatro y dos pies. Me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías; yo, dueño de mis gallinas, y los demás que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llenó para mí de presuntos ladrones, y por primera vez lancé del otro lado del cerco una mirada hostil.
Mi gallo era demasiado joven. El gallo del vecino saltó el cerco y se puso a hacer la corte a mis gallinas y a amargar la existencia de mi gallo. Despedí a pedradas al intruso, pero saltaban el cerco y aovaron en casa del vecino. Reclamé los huevos y mi vecino me aborreció. Desde entonces vi su cara sobre el cerco, su mirada inquisidora y hostil, idéntica a la mía. Sus pollos pasaban el cerco, y devoraban el maíz mojado que consagraba a los míos. Los pollos ajenos me parecieron criminales. Los perseguí, y cegado por la rabia maté uno. El vecino atribuyó una importancia enorme al atentado. No quiso aceptar una indemnización pecuniaria. Retiró gravemente el cadáver de su pollo, y en lugar de comérselo, se lo mostró a sus amigos, con lo cual empezó a circular por el pueblo la leyenda de mi brutalidad imperialista. Tuve que reforzar el cerco, aumentar la vigilancia, elevar, en una palabra, mi presupuesto de guerra. El vecino dispone de un perro decidido a todo; yo pienso adquirir un revólver.
¿Dónde está mi vieja tranquilidad? Estoy envenenado por la desconfianza y por el odio. El espíritu del mal se ha apoderado de mí. Antes era un hombre. Ahora soy un propietario... (Publicado en El Nacional el 5 de julio de 1910)
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