Accidentes: ¿es posible prevenirlos?

Marcelo GIOSCIA CIVITATE

Los datos que a diario nos proporciona la prensa sobre siniestros en las vías de tránsito no pueden dejar de ser más desalentadores, ya que en promedio, han perdido la vida más personas que días transcurridos del nuevo año. Preocupan estos accidentes, no solo por las jóvenes edades de quienes pierden su vida, sino también por las secuelas físicas y emocionales que habrán de afrontar –en algunos casos para el resto de su existencia- quienes los protagonizan y en gran medida, también sus familiares.
Pero, además preocupa ver, como esta sucesión de noticias trágicas que se nos presentan en forma casi diaria, va en cierto modo, insensibilizándonos y atenta contra la necesaria capacidad de asombro que no debiera perderse. Y menos en estos casos, en que se conjugan tanto, valores como disvalores, que hacen nada menos que al tipo de sociedad de la que formamos parte.
Pues, triste es comprobar –de acuerdo a gráficas de datos proporcionados por la Unidad Nacional de Seguridad Vial- que en la gran mayoría de los accidentes de tránsito incide el error humano, la imprevisión, la impericia, la imprudencia, el desconocimiento de las señalizaciones viales, cuando no, la lisa y llana violación de las normas jurídicas que establecen el modo en que debiera conducirse correctamente en la vía pública.
El porcentaje de accidentes causados por circunstancias no imputables a quienes conducen (como fallas mecánicas, fuerza natural irresistible, defectos en la construcción o señalización de los caminos) es ínfimo, casi irrelevante.
Resulta además, comprobado por los estudios realizados por este organismo público de competencia nacional, que en períodos de mayor bienestar o sensación de mayor capacidad de consumo, la siniestralidad haya aumentado significativamente, casi de la mano con la adquisición de más unidades cero kilómetro (tanto en automóviles como en motos) con una cada vez mayor capacidad de desarrollar velocidad y fuerza. Como si todo fuera posible, como si no existieran límites de ninguna especie. ¿No son las picadas un ejemplo de ello? ¿Se trata entonces, de fatalidades o de causalidades? ¿Cómo prevenirlos?
Frente a los datos objeto de estudio y a la comprobación diaria de estos hechos que afectan a nuestra sociedad, no podemos más que apuntar por un lado, al fortalecimiento de los controles a nivel de cada una de las autoridades de competencia nacional como departamental dentro de los límites de sus respectivas jurisdicciones. Controles que, debieran partir de la unificación de exigencias a la hora de expedir los documentos que habilitan a circular por la vía pública, conduciendo según sea la destreza demostrada o la profesionalidad adquirida. Controles que, explicados a la opinión pública, efectivamente supongan una toma de conciencia de que se realizan mucho más allá de una finalidad política o recaudatoria, sino que se llevan a cabo por respeto a la vida y a la seguridad de quienes habitamos este suelo, (ya desempeñemos eventualmente los roles de conductores o peatones). Pero por otro lado, se impone como consecuencia, partir necesariamente de la enseñanza de valores desde mucho antes de poder estar al frente de un volante (conduciendo una máquina con la que podemos dañar y dañarnos), se impone insistir con el respeto a las normas y a la persona de los otros, pero siendo primordial partir del respeto a nosotros mismos.

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