Acentuar las diferencias y los desencuentros es anticipar el fracaso

 Mario Piriz

"La cosa más difícil es conocernos a nosotros mismos; la más fácil es hablar mal de los demás". Tales de Mileto
En conversaciones informales, públicas y privadas, es proverbial afirmar que “no hay gente tan envidiosa como la…” asignándole un estigma social a los que viven en tal o cual departamento o ciudad, o simplemente que ejerce una u otra profesión. Verdad o mentira, es un juicio que tiene sin duda su cuota parte de razón. La envidia como la mugre, es democrática, se la encuentra en todas las clases sociales, y se impone como uno de los anti valores de una cultura hegemónica.  
Es justo reconocer que hay un jugar a la defensiva instalado en nuestra modesta sociedad. Con la excusa de vivir una época altamente competitiva, se legitima el “codazo”, la “trepada”, “el serrucho”, la entrada por la ventana de los ineptos, los mediocres e incapaces; y el “hablar mal de los demás”, adjudicando a los “otros” todos los males habidos y por haber. Elevar a la categoría de paradigma social, la “viveza criolla” del Viejo Vizcacha que escupe el asado para que los otros no coman. El individualismo conduce a la barbarie y al egoísmo extremo.
Pero así como ocurre en todas las esferas de la existencia, no hay que perder la perspectiva del bosque por ver sólo el árbol. Si bien el mundo del individualismo, el consumismo y el materialismo son un problema de orden social profundo y quizás el más expuesto junto a sus secuelas prácticas (corrupción, autoritarismo, violencia doméstica, drogadicción, etc.);  debemos, sin embargo, saber ver ese otro mundo, el de la racionalidad y la solidaridad,  mayoritario, y gracias al cual, la vida, no solo perdura, sino que alcanza nuevos y mejores niveles.
El mundo de la solidaridad, de jugar con todas las cartas arriba de la mesa, propio de seres humanos, es de por sí alentador, entre otras muchas razones, porque es el dominante en las bases sociales de la comunidad moderna. Allí se encuentran todas aquellas personas que acentúan los puntos de encuentro, los que unen, el de las coincidencias esenciales, del conocimiento de sí mismos, del talento, y la convivencia fraterna.
En ese mundo fraterno, donde no tiene lugar el amarillismo de los medios de comunicación,  es donde podemos abrevar el impulso y la fuerza imprescindible para recuperar la alegría y la esperanza en la vida, desterrando de nuestras conductas cotidianas los demonios de la muerte como la envidia, el individualismo, la mentira, la soberbia, la ignorancia de sí mismo y de los otros, y a nivel periodístico, los mercaderes y traficantes de basura espiritual.
Frente a ese mundo del “chusmerío” que divide y fractura el alma, tenemos que buscar con tenacidad apostólica, al decir de un colega cubano, “el encuentro, jamás el desencuentro, ver lo que nos une, afianzar los puntos coincidentes, reforzar la sensibilidad de cercanía, porque el ser humano en la medida que se comporta como ser humano, en lugar de vencer, convence, que es mucho más interesante, porque es humanizador”.
Los desheredados y humillados, guiados por un sentimiento profundo humanitario, deberán vanguardizar esa búsqueda, sabiendo, como lo investigó Frank Fanón, que el colonialismo y la opresión del hombre por el hombre se lleva a cabo hundiendo a las enormes masas de desheredados, en el marasmo de la ignorancia y la violencia fraticida y suicida de todos contra todos. De esa manera olvidan la mano invisible que les aprieta el cuello y la arremeten contra sí mismo, contra el vecino, el hermano.
La cuestión está en despojarse de sus propios intereses individualistas y mezquinos para dejarse arropar por el bien común; erigir como primer valor la convivencia, en lugar de la conveniencia. Transformar modos y maneras de pensar, y cambiar de mentalidad hacia una visión de vida más compartida, he ahí uno de los mayores desafíos del mundo contemporáneo.
De atender a lo afirmado por Tales de Mileto, ese gran desafío gira en torno a “conocernos a nosotros mismos”, y pasar de los dichos a los hechos. Todo el bienestar que el ser humano puede alcanzar, está, no en el consumo ni en el Tener, ni tan siquiera en el placer de Ser más, sino en la armonía, la concordia, la conciliación, la amistad y el encuentro fraterno con los otros. Más que las grandes cosas hay que hacer crecer las pequeñas cosas.
 Donde está el diálogo está la victoria. Por el contrario, toda vez que ponemos el acento en las diferencias y en los desencuentros, se construye los caminos del fracaso, la división, la confrontación inicua.
La paz de los vecinos, el encuentro con nuestros iguales y con nosotros mismos, el diálogo fraterno y transparente, se produce solo en la medida que “nos mueva y nos conmueva una causa común, el bien de todos, sin exclusiones”, y superemos las rejas del individualismo, de las “chacritas”, de los intereses mezquinos, egoístas. 

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