José Gómez Lagos
Entre selectos postulantes de todo el planeta, sorpresivamente se eligió a alguien que no tiene un pensamiento político afín con la corriente dominante en la Academia y confirió el Reconocimiento a un latinoamericano. Difundida la noticia, muchos callaron y algunos levantaron su voz de repudio, en reacción altamente previsible por cuestiones de índole ideológíca y dogmática. En actitud diferente, intelectuales de libre pensamiento han considerado acertado, justo y merecido tan alto galardón.
En su juventud, el premiado escritor había compartido las ideas de sus actuales cuestionadores, pero al contrastarlas con la realidad, le resultaban desfiguradas e irreconocibles. Viró el rumbo y se transformó en un defensor acérrimo de la libertad y la dignidad humana, sin aceptar supeditarlas, ante ninguna promesa científica, así proviniera del mismísimo Reino de la Igualdad. Al conocer que había sido galardonado con el Premio Nobel de Litertatura, exultante, reivindicó orgulloso su calidad de Peruano, sin reivindicar obviamente al llamado “peruanismo” -régimen militar populista- que contemporáneamente causara expectante fascinación en algunos círculos de nuestra sociedad.
El caro Perú de nuestro narrador, aunque aquejado por una pobreza y desigualdad añosa, está consolidando un prolongado período democrático y forjando una incipiente clase media. Tiene los niveles más altos de crecimiento económico, que coliden con la escasa disminución de la pobreza. Los recientes logros no son consecuencia de la primera presidencia de Alan García (cuasi repudio de la deuda externa, hiperinflación, intento de nacionalizar la Banca , alta corrupción, aislamiento internacional, aumento de actividades guerrilleras) sino, de generación posterior; en el respeto de los compromisos internacionales, fomento de la inversión, inserción en el mundo, que persistieron durante el actual mandato.
Aunque Perú todavía tiene elevada tasa de pobreza, desigualdad, deficiencias en salud, educación, seguridad social, servicios básicos a la población, el reciente Informe del PNUD señala interesantes avances en el país incaico. El Informe también revela que América Latina, es la región del mundo que tiene la mayor desigualdad económica y social, en tanto que Uruguay -como es tradicional- tiene las menores tasas de desigualdad, que suma a ventajosa ubicación en pobreza y corrupción, consecuencia de una sociedad que desde los primeros años del siglo XX, ha construido un país líder, con sólida clase media -promotora de justicia social- a partir de la igualdad de oportunidades.
A veces se escuchan voces quejumbrosas y condenatorias del país que tuvimos, porque nos alejó de la senda seguida por los países hermanos de Latinoamérica. En tanto, Perú parece considerar suficiente el recorrido por el largo camino de la frustración y procura rutas hacia destinos más elevados.
Pese a la amargura e incomprensión de quienes juzgan sus obras literarias con excluyente y discriminatoria lupa política, Vargas Llosa recibió el Premio Nobel 2010… y sin asombro, el mundo, lejos de espantarse “sigue girando”. Perú, lejos de librar combate con el pasado, lucha desesperadamente por la conquista del porvenir y sigue aspirando a superar sus infortunios. Mientras tanto, en el país de Herrera y Reissig -tan olvidado por los orientales, como recordado y admirado por el novel Premio Nobel- los uruguayos, distraídos tempranamente por inquietud de elecciones todavía lejanas, seguimos sin conseguir concentración para establecer políticas de Estado que el futuro nos reclamará implacablemente. A veces los discursos y las acciones descienden disonantes, otras veces, además de desorientar estremecen la propia estructura jurídica que nos sostiene.
Sentado, el pensador de Rodin -con el codo en la rodilla, sosteniendo la cabeza con la mano- parece esperar el pasaje de Uruguay, acortando la distancia que lo separa de los países más civilizados del mundo, en circunstancias como las actuales, extraordinariamente favorables para nuestro país.
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