Hugo Ferrari
De un tiempo a esta parte, en diversos países del mundo y especialmente en América Latina, se observa
que los gobiernos -y en consecuencia el poder- gira en torno a un ciclo bien definido y reconocible:
1º) Gobierno democrático
2º) Levantamiento armado subversivo
3º) Derrota militar de los insurgentes
4º) Amnistía y/o liberación de estos últimos
5º) Participación de ellos en elecciones
6º) Triunfo electoral y obtención del gobierno por los ex sediciosos
7º) Desconocimiento de los principios democráticos
Tenemos un claro ejemplo muy cercano y reciente de la forma en que ese ciclo se ha cumplido en diversos países: un grupo atenta contra las instituciones democrática practicando un verdadero terrorismo armado sedicioso; el gobierno de turno, elegido democráticamente, lo derrota por las armas y encarcela a los dirigentes de ese grupo; posteriormente otro gobierno democrático los libera mediante una ley de amnistía; el grupo integra y lidera un partido político, éste se presenta a elecciones y obtiene el gobierno del país; una vez en el gobierno, el grupo realiza acciones que desconocen las bases del sistema democrático, tomando para sí todos los cargos vacantes sin dar oportunidad a la oposición de ejercer el debido contralor de sus acciones.
Y todo esto con una previsión acordada durante mucho tiempo. El líder de uno de esos grupos declaraba nueve años antes de acceder al poder: “La democracia no sirve para mucho, pero puede ser un paso interesante para instaurar el socialismo, la dictadura del proletariado y construir un hombre nuevo.”
Ante la evidencia de los hechos, voy a referirme a la forma en que la democracia en nuestros países se ha encontrado desvalida. Si quisiéramos encontrar a los culpables de que hubiéramos llegado a esta situación en que hoy nos encontramos, tendríamos que reconocer que gran parte de la culpa está en nosotros mismos y en la aplicación que hemos hecho de los principios que debilitan la democracia, ya que se podría afirmar que la democracia está enferma de democracia.
El ex Presidente Tabaré Vázquez, declaró en Nueva York: “Pongo énfasis en el principio de que defenderé al gobierno aun del propio gobierno”. Es lo que nosotros debemos hacer: defender la democracia aun de la propia democracia.
Pero esto no es nuevo. Ya en los albores de la independencia de los Estados Unidos, el 4 de julio de 1861, el Presidente Abraham Lincoln emitió un mensaje al Congreso de su país reunido en sesión especial, donde planteaba las siguientes interrogantes: “¿Todas las repúblicas tienen esta debilidad inherente y fatal? ¿Debe ser el gobierno por necesidad demasiado fuerte para las libertades de su propio pueblo, o demasiado débil para conservar su propia existencia?” Y lamentablemente esta última interrogante está siendo contestada afirmativamente por quienes por indiferencia u omisión han permitido que la democracia sea, como decía Lincoln, demasiado débil para conservar su propia existencia.
Como lo ha escrito en 1987 el prestigioso periodista uruguayo José Antonio Ramírez en su libro “La democracia falseada”, la democracia se basa en la existencia de un “pluralismo ideológico”, o sea “el principio que tiende a la legitimación, al reconocimiento y al consiguiente amparo de todas las ideas y de todas las opiniones, así como a la mutua relación armónica y pacífica entre las ideologías conceptualmente más opuestas”. Y esto lleva a que, como lo expresa Ramírez, se sostenga “que tanto las libertades de relevancia pública, como la de expresión del pensamiento, la de reunión y la de asociación, como los derechos políticos que habilitan a participar en la elección de los gobernantes y en otras expresiones de la potestad soberana, deben ser reconocidos aun a aquellos sectores políticos y sociales, cuya ideología totalitaria, así como sus planes de lucha y de propaganda, tienen por finalidad primordial el socavamiento de los cimientos de la propia democracia y, consecuentemente, su completa y definitiva destrucción.”
En una misma línea de argumentación se expidió Mariano Grondona en “La Nación ” del 9 de setiembre del 2009, cuando escribió: “Si caminamos por un jardín y encontramos una hormiga, no nos preocupamos. Si cientos de hormigas se agolpan en torno nuestro, en cambio, es que hemos tropezado con un hormiguero. Si ignoramos a una hormiga solitaria, no pasará nada. Pero a la vista de un hormiguero o de una serie de ellos, tendremos que escoger entre las hormigas y nuestro jardín.”
También en su Tratado General de Filosofía del Derecho, Luis Recasens Siches señala que “no debe haber libertad contra la libertad”. Y agrega una frase muy ilustrativa: “El pueblo es libre de determinar la ruta que la nave debe seguir; pero en cambio, nadie tiene la libertad para lanzarse a actividades que tienden a destruir la nave, es decir, el instrumento liberal democrático”. Y culmina Recasens expresando: “No deben concederse derechos democráticos, es decir, derechos a participar en el gobierno de su país, a quienes propugnan la destrucción del régimen liberal-democrático.” O como escribió Carlos Maggi: “Se usa la libertad para destruir la libertad, se usa la democracia para destruir la democracia.”
Pero volvamos a lo sustentado por José Antonio Ramírez 23 años atrás, cuando la realidad de hoy nos indica el acierto de su profética sentencia. Él explicaba que “los principales beneficiarios de toda esa absurda desnaturalización y tergiversación de los cimientos principistas de la democracia, merced a la calamitosa influencia de una suerte de liberalismo tan pasado de moda como inconducente, son, según lo registra una larga experiencia histórica, los diversos sectores del totalitarismo de izquierda.”
Seguidamente agregaba Ramírez: “Y ello, no solamente por la muy sencilla razón de que los extremismos de la ‘zurda’ han sabido y logrado mantener, en el transcurrir de casi todo nuestro siglo, una militancia y una actividad, en el ámbito interno y en el internacional, que jamás alcanzaron los de extrema derecha, sino también porque entre aquel género de liberales, siempre han predominado quienes adolecen de una insólita proclividad al ‘compañerismo de ruta’ y al ‘cretinismo útil’, con el ‘socialismo’ empeñado en supuestos movimientos de liberación”.
Es claro que la indefensión de la democracia pasa por otros factores también señalados por Ramírez. Así tenemos, por ejemplo:
La impunidad para la prédica destinada a corroer y desestabilizar las estructuras institucionales;
el reconocimiento del ejercicio de las libertades de relevancia pública y de los derechos políticos, a los que, simulando reverencia y sometimiento a las normas constitucionales y legales, son ostensibles enemigos de la democracia, a la que procuran socavar y destruir;
el otorgamiento al comunismo y al socialismo el privilegio de ser los únicos partidos extranjeros con filiales en todo el hemisferio;
La quiebra del principio de autoridad, por la prepotencia de los que temerariamente se constituyen en “grupos de presión”;
El desborde y la agresividad del gremialismo de extrema izquierda, con su inadmisible resistencia a toda reglamentación de sus actividades y, en particular, del derecho de huelga, concediéndosele -además- el reconocimiento legal de los llamados “fueros sindicales”;
La deformación del laicismo y de la laicidad en la enseñanza primaria y media, y el deterioro de la enseñanza superior legalizando la versión marxista de la autonomía universitaria;
el permitir el vertical decaimiento de la moral pública, por medio de la proliferación de exhibiciones de espectáculos pornográficos con el pretexto del respeto por lo artístico;
El carecer de medios eficaces tendientes a frenar la utilización de la libertad de prensa para la práctica del libelo y el pasquinismo;
El confundir deliberadamente el auténtico pacifismo con el “apaciguamiento” vergonzoso y entreguista;
El descarte a los gobiernos anticomunistas con fallas en cuanto a organización democrática, y simultáneamente se procure la reconciliación con la tiranía castrista;
encubrir la cobardía de no enfrentar decisivamente a la subversión marxista, la sedición guerrillera y la barbarie terrorista, con el cuento de que a tales flagelos hay que combatirlos mediante la corrección de las injusticias sociales;
El seguir reeditando la fábula de que los extremismos de izquierda deben ser legitimados para poder controlarlos;
El cargar las tintas de la condena sobre los posibles excesos de quienes lucharon con abnegación y sin renunciamientos en una verdadera guerra contra los enemigos de la civilización y la democracia, y paralelamente se exima de toda responsabilidad a los que contemporizaron con la barbarie, negociaron con ella y se sometieron a sus actos de extorsión;
el uso del criterio para encarar la lucha por los Derechos Humanos, que consiste en tratar con la máxima severidad a los gobiernos que se apartaron de la estricta práctica de la democracia como único recurso de salvación nacional, y emplear la mayor benignidad con los regímenes culpables de atentados flagrantes y permanentes contra la vida y la dignidad humana;
El hecho de que en los “procesos” sobre violación de los Derechos Humanos, los “reos” sean los gobiernos acusados de transitorias violaciones a la legalidad institucional, aún aquéllos empeñados en retornar al régimen democrático, mientras los testigos de cargo sean autores de delitos contra la patria o vulgares delincuentes comunes.
Ésos son algunos de los factores que han provocado esta realidad que hoy estamos denunciando, la que no habrá de superarse hasta que no prevalezca en nosotros el firme convencimiento de que resignarse a vivir sometidos a los pérfidos designios y a la influencia nefasta del totalitarismo marxista, encarnado hoy en el llamado Socialismo Siglo XXI, constituye una incalificable cobardía, además de una rotunda imbecilidad.
Y no es que debamos abjurar de la democracia. No, de ninguna manera. Pero debemos actuar decididamente para preservarla de sus propias debilidades. Como dijera Washington Beltrán, “el historiador del mañana podrá decir, si el país tomó caminos extraviados, que ese rumbo se siguió en medio de un gran bostezo nacional. Algunos dirán que esa indiferencia fue el gran juicio crítico a la gestión de los primeros actores. Pero habrá otros, cuya condena implacable será para los que bostezan.”
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