Las cárceles una escuela y las calles un negocio


César GARCÍA ACOSTA

Un día sí y otro también el tema central de los noticieros es la crónica de hechos violentos acontecidos a lo largo y ancho del país, donde los hurtos y las rapiñas son similares en motivación y violencia, así como por la edad de sus protagonistas, casi siempre menores de edad.
Para unos “menores infractores”, para otros “delincuentes en potencia”, sin importar su edad ni condición social o cultural, delinquen tanto en la zona en la que viven y comparten su cotidianeidad, como en otros barrios que además les son ajenos también por expectativas de vida. Lo que les importa es consumar el delito y lograr su objetivo: vivir sin trabajar y sin dignidad, tomando lo que quieren y necesitan a cualquier costo.
¿Es razonable que quienes acribillan a un guardia de seguridad a mansalva tirado en el piso con más de seis balazos, deban ser contemplados por su edad y su contexto social?
Yo creo que no.
Realmente no me importa el futuro de alguien que de antemano no asume la responsabilidad de su comportamiento, porque ni siquiera piensan en el otro como un semejante, porque de hacerlo no apretarían el gatillo de sus revólveres. Sé que sus reflexiones son muy primarias y la vida les resulta algo relativo no ponderada en su real magnitud.
Y si el delincuente fuera un menor, tampoco me importaría ni su presente ni su futuro, porque la vida tal y como se la han planteado, solo los llevará por el camino de la violencia extrema, simple y radical, y eso no tiene marcha atrás sean cuales sean las políticas que el Gobierno de turno aplique con el fin de preservar su seguridad y la de la sociedad.
Pero más allá de este contexto, hay dos escenarios preexistentes a tener en cuenta: la escuela de delincuencia que son las cárceles, y la falta códigos.
No se trata de la cultura de la Montevideo al Sur o al norte, como ha gustado en llamar el Presidente de Iname hace unos días a quienes viven de un lado o del otro de la avenida Italia. El jerarca, abogado de profesión y “mujiquista” por definición, si bien no integra el núcleo selecto de la izquierda “caviar”, bien sabe que los menores infractores que él debe cuidar y vigilar, esos que se le escapan a diario de las seudo cárceles sin guardia en la que los hospedan, han decidido no tener códigos robando y matando incluso en los propios barrios que habitan. No necesitan ir al sur de Montevideo, porque delinquen también en la periferia urbana con la misma saña criminal y despojo absoluto del sentido común.
Y las cárceles, a las que tarde o temprano llegan, terminan siendo recintos regenteados por los mismos presos que se castigan entre ellos a base de códigos de terror, como cobrándose los unos a los otros “peajes” para sobrevivir la miseria, o criminalizándose al extremo de ser incendiados en señal de liderazgos penitenciarios.
¿Cuándo el Gobierno se dará cuenta que la Policía no está en condiciones de además de reprimir el delito, ser guardiacárceles; cuándo asumirá la responsabilidad de dotar de más de tres policías a cada sector de los módulos del Comcar?
De seguir como hasta ahora, las cárceles serán escuela del delito y las calles un negocio asegurado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario