Hora de cambiar “solitario” por “solidario”

Mario PIRIZ

“La multitud de los fieles tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba como suyo lo que poseía, sino que todo lo tenían en común”. Hechos de los Apóstoles
La migración del campo a la ciudad es un fenómeno de carácter universal en continua expansión. Y en este siglo XXI no será distinto según la opinión de demógrafos, políticos y demás técnicos. Migración en expansión aún cuando cada vez con mayor nitidez, se levantan sobre el horizonte social límites hasta ahora desvalorizados. La vida comienza a reclamar un retorno a la “pacha mama”, la tierra, y un reencuentro con los valores esenciales de la vida y los seres humanos.
Ello ocurre en Uruguay y en todo el planeta. Propio de la revolución industrial, la urbe atrajo y concentró durante todo el siglo pasado la existencia de la humanidad. En sociedades subdesarrolladas, la gente abandona el campo apremiadas por la falta de trabajo, recursos vitales insuficientes, y de servicios esenciales como educación y salud. Y las ciudades se expanden aún cuando las condiciones de vida no sean las esperadas. Emergen así las estrategias de sobrevivencia como los cinturones de miseria, los denominado “asentamientos irregulares” y nuevas condiciones de vida marcadas por la fragmentación y el individualismo con su secuela de anti valores y prácticas inhumanas.
La urbanización forzosa es una consecuencia macro que oculta o oscurece una infinidad de micro existencias anónimas que naufragan en el mar de la soledad, como pequeños y anodinos maderos en un mar tormentoso. Muchedumbres de solitarios buscando un lugar bajo el sol. Los seres humanos cuanto más juntos, más solos. La “masificación”, ola gigante homicida, ha decretado la muerte de las personas, deificando el consumidor, erigiendo el mercado como oráculo virtual del siglo, y la ciudad en su templo. Soledad impuesta por una sociedad de consumo, competitiva regida por la máxima de "cuanto más, mejor", en vez de "cuanto mejor, más". La nueva moral que proclama que no tener es pecado. Es la enajenación por las cosas que nos encadenan y poseen, en vez de liberarnos.
Desde hace milenios, la vivienda familiar era el espacio colectivo de encuentros asumiendo dimensiones religiosas o míticas para los profanos. Para los primeros cristianos, era la iglesia que se reúne en la casa de Juan, María o Pedro; en el universo guaranítico, era la base para el encuentro y ejecutar las acciones “minga” en la cual todos hacían solidariamente (levantar la cosecha, construir un camino o una casa) para uno. Aún hoy, con el nombre de ayuda mutua, sigue desafiando las reglas del todopoderoso mercado. El español García Fajardo, docente universitario, sostiene que la “casa cada vez es menos un hogar, espacio de encuentro y de relaciones, de solidaridad y de afectos, que un aparcamiento o una posada en un incierto camino. Se multiplican los electrodomésticos y se incrementa la soledad en un ruido que cada cual lleva a su celda. Por supuesto, con los cascos de los mp3 conectados a sus orejas.”
Ahí en nuestras “celdas” aislados, solos, masticando en silencio, preocupados de que nos quieran, nos amen, olvidando que lo realmente importante, está en lo que cada uno es capaz de querer, amar, a sí mismo como a los otros. Y eso de amarnos a nosotros mismos no es egoísmo ni ese narcisismo pregonado por la publicidad. Es darse la oportunidad de descubrir nuestro propio potencial; ser honestos con nosotros mismos y hacer de la celda, la casa, hogares de puertas abiertas, puntos de encuentro. Respetarnos, aceptarnos y querernos por ser solo quienes somos; dejar de juzgarnos, de criticarnos, de compararnos con los demás, de exigirnos ser diferentes de quienes somos y romper con la idea aprendida que tenemos respecto a nosotros mismos. Significa atrevernos a ser quienes somos, abrazando nuestra realidad aunque a veces no nos guste o no se acerque a lo que queremos que sea, porque acogiéndola podemos atravesarla, transformarla y trascenderla.
Aquí en el país, en nuestra aldea, no hay dudas que esa moderna soledad de las muchedumbres solitarias, donde las casas y los hogares dejaron de ser el crisol de la fraternidad, del encuentro e intercambio de vida,  conduce tarde o temprano a la violencia que nos abruma, aún en nuestros niños y jóvenes, a la angustia y la evasión instaladas en nuestros barrios con las más diversas drogas y adicciones.
Aquella utopía evangélica, de constituirnos en multitud fraterna, que tenga “un solo corazón y una sola alma”, y donde nadie considere “como suyo lo que poseía, sino que todo lo tenían en común”, parece señalarnos a la hora actual, como la profetizada por el escritor existencialista francés de la primera mitad del siglo pasado, Albert Camus, que el camino de la revolución, de la transformación radical de la existencia pasa necesariamente por cambiar la “t” de solitario, por la “d” de solidario, si es que pretendemos, honestamente, abrir la mente y el espíritu, hacia lo colectivo, y restaurar la convivencia amorosa de los seres humanos y la naturaleza, y conquistar las verdaderas libertades propias de la vida.

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