“La multitud de los fieles tenía un solo corazón y una
sola alma. Nadie consideraba como suyo lo que poseía, sino que todo lo tenían
en común”. Hechos de los Apóstoles
La migración del campo a la ciudad es un fenómeno de
carácter universal en continua expansión. Y en este siglo XXI no será distinto
según la opinión de demógrafos, políticos y demás técnicos. Migración en
expansión aún cuando cada vez con mayor nitidez, se levantan sobre el horizonte
social límites hasta ahora desvalorizados. La vida comienza a reclamar un retorno
a la “pacha mama”, la tierra, y un reencuentro con los valores esenciales de la
vida y los seres humanos.
Ello ocurre en Uruguay y en todo el planeta. Propio de
la revolución industrial, la urbe atrajo y concentró durante todo el siglo
pasado la existencia de la humanidad. En sociedades subdesarrolladas, la gente
abandona el campo apremiadas por la falta de trabajo, recursos vitales
insuficientes, y de servicios esenciales como educación y salud. Y las ciudades
se expanden aún cuando las condiciones de vida no sean las esperadas. Emergen
así las estrategias de sobrevivencia como los cinturones de miseria, los
denominado “asentamientos irregulares” y nuevas condiciones de vida marcadas
por la fragmentación y el individualismo con su secuela de anti valores y
prácticas inhumanas.
La urbanización forzosa es una consecuencia macro que
oculta o oscurece una infinidad de micro existencias anónimas que naufragan en
el mar de la soledad, como pequeños y anodinos maderos en un mar tormentoso.
Muchedumbres de solitarios buscando un lugar bajo el sol. Los seres humanos
cuanto más juntos, más solos. La “masificación”, ola gigante homicida, ha
decretado la muerte de las personas, deificando el consumidor, erigiendo el
mercado como oráculo virtual del siglo, y la ciudad en su templo. Soledad
impuesta por una sociedad de consumo, competitiva regida por la máxima de
"cuanto más, mejor", en vez de "cuanto mejor, más". La
nueva moral que proclama que no tener es pecado. Es la enajenación por las
cosas que nos encadenan y poseen, en vez de liberarnos.
Desde hace milenios, la vivienda familiar era el
espacio colectivo de encuentros asumiendo dimensiones religiosas o míticas para
los profanos. Para los primeros cristianos, era la iglesia que se reúne en la
casa de Juan, María o Pedro; en el universo guaranítico, era la base para el
encuentro y ejecutar las acciones “minga” en la cual todos hacían
solidariamente (levantar la cosecha, construir un camino o una casa) para uno.
Aún hoy, con el nombre de ayuda mutua, sigue desafiando las reglas del
todopoderoso mercado. El español García Fajardo, docente universitario,
sostiene que la “casa cada vez es menos un hogar, espacio de encuentro y de
relaciones, de solidaridad y de afectos, que un aparcamiento o una posada en un
incierto camino. Se multiplican los electrodomésticos y se incrementa la
soledad en un ruido que cada cual lleva a su celda. Por supuesto, con los
cascos de los mp3 conectados a sus orejas.”
Ahí en nuestras “celdas” aislados, solos, masticando
en silencio, preocupados de que nos quieran, nos amen, olvidando que lo
realmente importante, está en lo que cada uno es capaz de querer, amar, a sí
mismo como a los otros. Y eso de amarnos a nosotros mismos no es egoísmo ni ese
narcisismo pregonado por la publicidad. Es darse la oportunidad de descubrir
nuestro propio potencial; ser honestos con nosotros mismos y hacer de la celda,
la casa, hogares de puertas abiertas, puntos de encuentro. Respetarnos,
aceptarnos y querernos por ser solo quienes somos; dejar de juzgarnos, de
criticarnos, de compararnos con los demás, de exigirnos ser diferentes de
quienes somos y romper con la idea aprendida que tenemos respecto a nosotros
mismos. Significa atrevernos a ser quienes somos, abrazando nuestra realidad
aunque a veces no nos guste o no se acerque a lo que queremos que sea, porque
acogiéndola podemos atravesarla, transformarla y trascenderla.
Aquí en el país, en nuestra aldea, no hay dudas que
esa moderna soledad de las muchedumbres solitarias, donde las casas y los
hogares dejaron de ser el crisol de la fraternidad, del encuentro e intercambio
de vida, conduce tarde o temprano a la
violencia que nos abruma, aún en nuestros niños y jóvenes, a la angustia y la
evasión instaladas en nuestros barrios con las más diversas drogas y
adicciones.
Aquella utopía evangélica, de constituirnos en
multitud fraterna, que tenga “un solo corazón y una sola alma”, y donde nadie
considere “como suyo lo que poseía, sino que todo lo tenían en común”, parece
señalarnos a la hora actual, como la profetizada por el escritor
existencialista francés de la primera mitad del siglo pasado, Albert Camus, que
el camino de la revolución, de la transformación radical de la existencia pasa
necesariamente por cambiar la “t” de solitario, por la “d” de solidario, si es
que pretendemos, honestamente, abrir la mente y el espíritu, hacia lo
colectivo, y restaurar la convivencia amorosa de los seres humanos y la
naturaleza, y conquistar las verdaderas libertades propias de la vida.
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