Tabaré Viera Duarte
El 27 de enero pasado se cumplió 66 años de la liberación del último campo de exterminio nazi, por parte de las tropas aliadas en la segunda guerra mundial. Fecha que Naciones Unidas ha instituído como Día Internacional de Conmemoración del Holocausto.
Nuestro Partido Colorado tiene una larga tradición en el reconocimiento y condena a la existencia y dimensión de este terrible hecho histórico que significó el genocidio nazi: “la Shoáh”, perpetrado en forma deliberada, planificada y sistemática, fundamentalmente contra el pueblo Judío de Europa, pero también contra otras minorías como lo fueron opositores políticos, discapacitados, gitanos, rusos, Testigos de Jehová y homosexuales. Todos considerados por el régimen Nazi, “seres inferiores”.
Precisamente un 27 de enero, pero de 1945 las tropas aliadas ingresaban al oprobioso campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, en Polonia. Como sabemos, no el único, pero sin dudas el más paradigmático centro de implementación de la llamada “solución final”.
Y se encontraron allí con una realidad, que al igual que en Treblinka, Chelmno, Sobibor, Bergen-Belsen y en otra cantidad de campos de concentración, de trabajos forzados y de exterminio, no había sido conocida aún por el mundo. Realidad de la que se hablaba, pero de la que jamás podría la comunidad internacional, imaginar su verdadera dimensión.
Estos tristemente recordados nombres, representan la etapa final de una concepción ideológica, de una política pensada, elaborada y ejecutada por el nazismo desde los primeros años de la década del 20, cuando ya era conocido el pensamiento de Hitler.
El camino de ascenso al poder del nazismo fue tan claro como apoyado por la mayoría de la población alemana de la época, la que estaba entonces impregnada de sentimientos racistas y nacionalistas, que se traducían, por ejemplo, en centenares de asociaciones antisemitas, alentadas por publicaciones que difundían las ideas del partido nacionalsocialista.
Por eso, es importante señalar que antes de llegar a la barbarie, al exterminio de millones de inocentes en “la solución final”, ocurrieron hechos gravísimos, que revelaban en la sociedad de la Alemania de entonces, una situación de falta de conciencia cívica, de cultura democrática, de respeto por los derechos fundamentales mínimos para lograr la convivencia pacífica entre los que no piensan o no son iguales, situación que fue aprovechada para el proyecto político nazi de construcción de “una nueva comunidad racial alemana”; de la creación de una comunidad nacional homogénea con la exclusión de los no arios.
Apenas asumido Hitler como Canciller, estamos hablando de seis años antes de la guerra, se declara el boicot contra los negocios propiedad de judíos y se dicta la ley por la que se expulsaron de la función pública a los no arios. Se produce la primera quema de libros con el argumento de “eliminar la influencia judía en la cultura”.
En el siguiente año se les retira la nacionalidad alemana y con el entusiasmo de miles de militantes del partido y ante la pasividad de otros miles, así como de la comunidad internacional, se les despoja de todos los derechos ciudadanos.
Luego vendrían la expropiaciones, las primeras deportaciones y el 10 de noviembre de 1938 se produjo el pogrom conocido como “La noche de los cristales rotos”, donde más de 400 sinagogas fueron incendiadas y hubo cientos de muertos y miles de heridos, con 30.000 personas deportadas.
Como siempre, los hechos terribles de las peores dictaduras, no ocurren de un día para el otro. Son precedidos por años de deterioro de los valores humanos esenciales, de violencia enraizada en la sociedad, de descaecimiento de las instituciones democráticas y en definitiva de la pérdida paulatina del concepto ético y moral fundamental de la democracia que es el respeto por los demás y por sus ideas aunque estas sean diferentes.
El crimen contra la humanidad comienza con una palabra común: desprecio.
Se trata de un estado de ánimo llevado al extremo, programado y elevado al rango de concepción ideológica.
El desprecio está en todos los elementos que formaron este proceso, desde los alucinados discursos de Hitler, hasta los campos de concentración: el desprecio del guardián de las SS, el del civil hacia el detenido, el del recién llegado a los presos más antiguos, etc.
El proceso de desnudar a los prisioneros, afeitarlos, vestirlos con el traje rayado, convertirlos en una masa homogénea, tenía como finalidad plantear una duda en la mente de todos: ¿se trataba realmente de un ser humano? Por eso, los prisioneros se veían transformados físicamente desde el mismo momento en que llegaban al campo: su individualidad quedaba suspendida a través de la privación de los signos externos del ser humano.
Precisamente, lo cruel del hecho histórico, lo que es difícil de asimilar y de encontrar explicación, no es solamente la cantidad de muertos, muchos más murieron en la guerra. Lo brutal es la forma en que la Shoáh fue planificada y ejecutada, en forma “industrial” contra indefensos seres humanos. Un millón y medio de niños asesinados simplemente porque sus padres profesaban una religión.
La enorme inversión en infraestructura, la logística que hubo que desarrollar. Vías férreas, campos de concentración, hornos crematorios, transporte, todo fríamente planificado.
¡Cómo podemos explicar tanta insania! Cómo explicar la realización de una conferencia, en enero de 1942, donde se redactó el llamado “protocolo de Wannsee”, en el que se estableció la “Solución Final” para el “problema judío”. Que no fue otra cosa que la burocratización, tecnificación e industrialización del genocidio determinando el exterminio total del pueblo judío”, definiendo incluso quienes eran judíos o mestizos (mischlinges)
Y esto se produjo en el seno de la nación más culta y más preparada científicamente. La que tenía las mejores universidades y los más renombrados hombres de ciencia de la época. Esa sociedad se dejó seducir por el nazismo.
La sociedad alemana tuvo la responsabilidad mayor, por haber aceptado a Hitler y al nazismo, que nunca ocultaron sus propósitos racistas, pero el antisemitismo no fue, ni es, una enfermedad alemana, sino una plaga muchísima más extendida, y con raíces todavía no extirpadas en sociedades cultas y democráticas, según han venido a recordarlo incidentes muy cercanos. A la vez nuevos nacionalismos y fundamentalismos niegan el Holocausto y realizan su propaganda tratando de hacer que sea una verdad controvertida.
Por ello nuestra voz debe ser clara y fuerte, para no permitir el olvido y para colaborar todos los días con el mantenimiento de la democracia y la libertad.
Recordar que el día de la liberación, los soldados rusos entraron en algo más que un campo de concentración: entraron en el mayor patíbulo que haya conocido jamás la especie humana.
Han pasado 66 años, tiempo suficiente como para que, en breve, desaparezcan los pocos supervivientes que quedan. Cuando ya no dispongamos de memoria viva de lo que ocurrió en Auschwitz, deberemos esforzarnos aún más, por transmitir a las generaciones venideras lo que las anteriores nos transmitieron a nosotros. Sólo así podremos estar seguros de que algo así no vuelva a repetirse. Nunca.
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