Marcelo
GIOSCIA CIVITATE
Una vez
más, como consecuencia de un preocupante estado de inseguridad, vuelve a
instalarse la tragedia en nuestra sociedad al comprobarse la muerte de una
joven de tan solo veinticuatro años en el barrio de Carrasco.
Una
sociedad que, lamentablemente se nos muestra, cada vez más armada y cuyos
integrantes, están dispuestos a utilizar armas de fuego para hacer frente -con
sus propios recursos- al despojo (casi a diario y en forma reiterada) de que son
objeto por parte de delincuentes.
Y
mientras las respuestas de las autoridades públicas (encargadas por imperio de
la Constitución y la Ley a brindar mecanismos de seguridad) no resultan
convincentes ni menos, eficientes, el temor ha logrado instalarse en muchos y
doblemente, en aquellos que han tenido la imborrable experiencia de haber sido
copados o víctimas de hurtos con violencia. Y se sucederán crónicas y análisis
para referirse al hecho y a las teorías más increíbles (desde aquellas que
atribuyen a la impericia lo ocurrido, hasta las que pretendan justificar lo
injustificable -como tener que armarse para sentirse seguros- como tener que
hacer justicia por mano propia) seguirán charlas de oficina o café, pero no se
logrará devolver la vida a quienes la perdieron, ni la tranquilidad de espíritu
a quienes a la postre, las causaron. Cualquiera sea la causa.
Porque
más allá de la terrible noticia -que en sí misma motiva nuestra atención- se
advierte un profundo quiebre en nuestra sociedad, que se ha visto inmersa en
una sucesión de hechos violentos; que ha visto cómo se ha modificado su calidad
de vida, que ve en forma cotidiana cómo, los impuestos que paga no se destinan
a brindarle mayores garantías para conservar la integridad en su persona ni en
sus bienes.
Se trata
-ni más ni menos- de una sociedad que percibe el grado de inseguridad que la
condiciona y que la obliga a cercar sus propiedades y disponer de más recursos
para contar con sistemas de seguridad privados cada vez más sofisticados. Pero
que, no reconoce a las autoridades públicas como garantes de brindarle las
seguridades que le deben. Y entonces, mal que nos pese, todo se subvierte.
¿Qué nos
está ocurriendo? ¿Cómo enfrentar estas situaciones sin tener que lamentar
trágicos desenlaces? ¿Cómo lograr que cada quien, asuma de una vez por todas
los roles que la Ley le confiere? ¿No habrá ninguna autoridad que exija el fiel
cumplimiento de esos roles?
Quienes
abogan por el desarme civil sostienen que: “la gente no está preparada para
manejar armas de fuego en sus casas”, pero las autoridades públicas, tal vez
por un problema de conciencia, no adoptan definitivamente una política en tal
sentido, porque en suma, la reconoce efectivamente agredida y a la vez, como
desprotegida.
No
estamos preparados a nivel público además, ni para reeducar a los delincuentes
que se atrapan ni para brindar contención a los protagonistas de tamañas
tragedias. Si a esta comprobación, le sumamos el hecho de que casi un tercio de
nuestra población está armada y que nuestra sociedad está aprobando el hecho
privado de hacer frente a la delincuencia, nos encontramos con elementos que
debieran atenderse en forma urgente, si se quiere buscar una solución efectiva
a estos problemas.
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