Páginas de un viejo diario

Mora Torres

Buenos Aires


Estoy corrigiendo la traducción de un libro de Walter Benjamín (De las abrumadoras calles de Baudelaires a los fantasmagóricos pasajes de Benjamin) y, entre una gran cantidad de reflexiones extraordinarias, encuentro una sobre el arte de narrar (Rosaura a la diez):
“Cada mañana se nos informa sobre las novedades del planeta. Y sin embargo somos pobres en historias singulares. ¿A qué se debe esto? Se debe a que ya no nos llega ningún acontecimiento que esté libre de datos explicativos. En otras palabras: ya casi nada de lo que sucede redunda en provecho de la narración, casi todo en provecho de la información. Porque si se puede reproducir una historia preservándola de explicaciones, ya se logró la mitad del arte de narrar. Los antiguos eran maestros en este arte, Herodoto a la cabeza…” (La historia según Herodoto…).
Esto, aparte de refirmar mi manía de no dar explicaciones en la escritura, me recuerda que alguna vez imaginé que en cualquier diario íntimo podrían encontrarse prodigios de “literatura no forzada” (Una mirada atrás: rasgos y reflexiones para decidir qué es un weblog).
Entonces trato de encontrar algún diario íntimo de los que guardo en mi biblioteca, entre los que se destaca el de una escritora australiana, por lo poética y cruel, Katherine Mandsfield… Y no logro encontrar ese ni ningún otro.
He estado revisando y cambiando de lugar mis libros, ya no sé dónde estoy… (La biblioteca y la importancia del libro, la bibliografía y el fichaje).
Entonces no tengo otro remedio, para cumplir con el título que propongo en esta entrada, que indagar en mis propios viejos diarios. Abro uno al azar en una página.
PÁGINA DEL DIARIO DE LA DICHA
18 de septiembre.
Lo primero que encuentro son dos pequeñas citas de Borges, cuándo no.
Borges hablando de Robert Graves: “Nunca trató de ser moderno; ha declarado que un poeta debe escribir como un poeta y no como un período”.
Y hablando de Wilde: “…hay una virtud sin la cual todas las demás son inútiles; esa virtud es el encanto”.
Y después sigo yo:
Al poner la fecha recuerdo que es el cumpleaños de mi tía Gringa.
Me asomé al diario con la intención de copiar algo que escribí dentro de un libro que me regaló Marta Malloggio. Cuando no hallo papel a mano, escribo en las hojas en blanco de los libros que estoy leyendo, pero con lápiz, claro:
¿Qué es el amor si el amor elige la belleza o lo que cree la belleza, y la belleza se desintegra con un soplo de brisa? ¿Y cómo sigue amando quien eligió a la bella que ahora el tiempo ha hecho materia distinta? Debería deducirse que no existen ni el amor ni la belleza que lo engendró, pero quizá no sea tan simple.
Similar a lo que es la belleza en la poesía, belleza formal, la de la “bella” es corrompida por las horas. Pero la belleza formal de la poesía ¿es de este modo tragada por el tiempo? ¿Y la música, pura forma de lo bello, en qué lugar desaparece para no ser tragada?
Tal vez el poeta sea el más pasajero o menos eterno de los amantes. ¿Es espiritual amar una fuga? Pero tal vez a la poesía deba encontrársele otro rostro. Me suena la frase que escribí en un poema: “porque lo importante es sólo aquello donde se posa tu mirada”. ¿Está dicho para enseñanza de un poeta? ¿Es un “arte poética”? Mi mirada puede hacer bello lo horrible, pero esto no es más que un artificio para soportarlo.
O quizá se trate de eso, hacer habitable lo inhabitable revistiéndolo de grandeza, estilo, profundidad, cuando se sospecha que nada es grande, bello ni profundo.
Me resulta misteriosamente interesante esto que escribí en el libro, pero también después de haberlo escrito hubo otro cambio que registro en cuanto a mi posición respecto a la poesía, que tuvo que ver con unos poemas extraordinarios de una desconocida de 20 años, a quien luego me presentaron. También charlé del tema con Bocha en el bar del Plaza, un mediodía en penumbras, mientras tocaban en un pianito jazz, hace muy poco, menos de una semana.
21 de septiembre
Últimas palabras de mi analista para dar por finalizada la sesión de hoy: “Es que no todo en la vida se define por etiquetas”. Hubo cierta ironía al responderle: “esto es muy sabio”, fue entonces cuando ella dijo: “¿dejamos acá?”.
Creo que creyó que era importante haber llegado a alguna definición de la no definición, ya que antes, en la sesión, estábamos adormecidas, como en sueños yo relataba aburridamente cosas importantes, deseos y terrores importantes, y ella no me escuchaba.
6 de octubre
Como contrapeso a lo que estoy escribiendo delirantemente sobre Juan de la Cruz, quizá en casa -soy Mora actual: porque este diario lo escribía en la oficina- podría escribir un extenso poema porno, obsceno o simplemente sensual, pero se me ocurre que de todos modos lo escrito sobre San Juan lo es, disfrazado. Sin embargo es una buena idea para emplear mi tiempo libre cuando llego a casa.
Dice Edith Sitwell:
“Y ahora, volandero a lo largo de la calle como una negra y sucia telaraña agitada por la corriente del aire, en una polvorienta ventana, llega el fantasma de la vieja Lady Lewson, que vivió en Coldbath Square, Clerkenwell, durante noventa años. Su parecido con una telaraña se debe a que lleva las gorgueras, los puños y los verdugados de su juventud -nació en 1700-, y a que nunca se lavaba por temor a resfriarse y asentar así los cimientos de una enfermedad. No obstante, se unta con manteca de cerdo, a la que añade colorete en las mejillas. Ahora, cuando la telaraña avanza hacia nosotros, podemos ver que lleva algo que en otro tiempo debió ser un vestido de fina seda con larga cola, anchos volantes y mangas por debajo del codo con muchos encajes.
“A este extraño maniquí cargado de oropeles antiguos le salieron dos dientes a los ochenta y siete años, que fueron fuente de orgullo para ella y de asombro para sus vecinos.
En su espaciosa casa de Coldbath Square sólo hay cuatro seres, fantasmas como ella misma, dos perros falderos, un gato con muchos años y un anciano cuya ocupación ha sido la de ir de una casa a otra consiguiendo comida a cambio de hacer recados y lustrar botas.
“La telaraña ha vuelto a alejarse impulsada por el viento, de regreso a esas oscuras y costrosas ventanas de la casa en Coldbath Square, y el señor Pinks, autor de La historia de Clerkenwell, charla con nosotros y nos cuenta la historia de la telaraña y de la casa.
“La vieja telaraña disfrutaba del aire libre en el jardín trasero de la casa, y en los días cálidos era posible verla suspendida de una silla colocada bajo los árboles oscuros. Allí se sentaba y leía. Su vida se regía por normas estrictas, pues jamás tomaba el té si no era en su propia taza favorita ni se sentaba en otra silla que la que había elegido para sí. La inmortalidad de esta vieja dama parecía asegurada, hasta que la muerte súbita de un viejo vecino la hizo temblar y dudar de su propia inmortalidad. Debilitada, se metió en cama y el martes veintiocho de mayo falleció a la edad de ciento dieciséis años. Un tal señor Warner, que entró en la casa después de su muerte, se quedó mudo de asombro al ver la cantidad de barras, cerrojos, etc., en todas las puertas y ventanas. Los techos del piso superior estaban cubiertos con fuertes tablas, unidas con barras de hierro, para evitar que nadie entrara a la casa desde el tejado.
“Aunque esta dama era rica, no atesoraba tanto oro como recuerdos inútiles…”.

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