Empleo - Trabajo decente, entre sustentable y ecológicamente correcto


Mario PIRIZ

Mientras el primer mundo se deshace, nuestro persistente tercer mundo vive uno de los mejores momentos socioeconómicos de su historia. Allá la guadaña del desempleo hunde en la pobreza a millones de trabajadores, por acá la proximidad al empleo pleno, si bien no ha sacado de la pobreza e indigencia a miles de hogares, permite mirar con optimismo los días próximos, aun a pesar de los escépticos.
En Rivera, pese a la fuerte actividad comercial “freechopista” e importantes inversiones en el sector productivo y el turismo, el empleo sigue siendo un problema para miles de ciudadanos. La cuestión está en la calidad del empleo. El Pic-Cnt informó que aproximadamente 850 mil trabajadores de los que tienen  empleo formal ganan menos de diez mil pesos, en tanto que la brecha entre los que ganan más y los que ganan menos se sigue ensanchando, aún en tiempo de una economía en continuo ascenso.
Y la calidad del empleo no sólo es cuestión de salarios, aunque es su principal componente. Las crisis energética, ética, política y social; el cambio climático y la creciente desigualdad plantean la necesidad imperiosa del empleo seguro, decente, sustentable y ecológicamente correcto.
El empleo ecológicamente correcto o empleo verde, medidos en términos de baja emisión de carbono, y según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) son  “aquellos puestos de trabajo en los sectores de la agricultura, industria, construcción civil, instalación y mantenimiento, como las actividades científicas, técnicas, administrativas o de servicios que contribuyan substancialmente a la preservación y restauración de la calidad ambiental. Específicos, pero no excluyentes, incluyen los empleos que  ayudan a proteger y restaurar ecosistemas y la biodiversidad; reducen el consumo de energía, material y agua por medio de estrategias de prevención altamente eficaces; “descarbonizando” la economía;  y minimizando o evitando por completo la generación de todas las formas de residuos y contaminación”.
El concepto "empleo verde" o correctamente ecológico, creada para definir la preservación o restauración del medio ambiente, se ha integrado definitivamente al vocabulario empresarial,  respondiendo a  una demanda social creciente de una economía más limpia. Contrastan esos conceptos con la realidad en la que vivimos, tanto en la vida urbana como la rural. Como sociedad somos mayoritariamente dependientes del petróleo,  recurso ajeno, importado, no renovable y altamente agresivo al medioambiente y la vida. Desde los combustibles hasta las más insólitas versiones de plástico dominan la vida cotidiana.
Pero la cuestión del trabajo no se reduce  a la problemática ecológica. Estudios globales asocian esos conceptos de empleo ecológicamente correctos a las condiciones de trabajo decentes. Empleos decentes que satisfagan las antiguas demandas y metas del movimiento obrero, con salarios adecuados, condiciones seguras de trabajo y respeto a los derechos de los trabajadores, inclusive el derecho a organizarse en sindicatos. Desde 1999 la OIT viene sosteniendo que se debe entender por trabajo decente, “un trabajo productivo, adecuadamente remunerado, ejercido en condiciones de libertad, igualdad y seguridad, que sea capaz de garantizar una vida digna para los trabajadores y trabajadoras y sus familias”.
Que el trabajador o empleado esté registrado y se le garanticen sus derechos sociales no certifica que el trabajo sea decente. El sueldo o salario es clave. Evidentemente, cerca de un millón de trabajadores uruguayos, con lo que ganan  en la actualidad, no llega a cubrir un tercio de lo que se considera una canasta básica. Con 10 mil pesos un hogar tipo asegura su vida durante menos de 10 días al mes, teniendo que sobrevivir los otros 20 días  arañando lo que se pueda, con la mochila del alma cargada de angustia, impotencia, y rabia. Salarios indignos e indignantes en un país que vive un tiempo de mayor prosperidad en su historia.
No es trabajo decente cuando no hay seguridad. La trágica secuela de muertos en la industria de la construcción es reveladora. Ni que decir de las enfermedades contraídas en el trabajo. La inseguridad se extiende a las relaciones laborables donde fórmulas como contratos a término o la sustitución del trabajador independiente por empresario unipersonal, acarrea incertidumbre y angustia al hogar trabajador, y cortan de cuajo hasta las más elementales aspiraciones a una vida decente y digna.
En el mundo empresarial, y como mecanismo de eludir sus “responsabilidades sociales” se maneja el concepto de que los empleos podrán se decentes y ecológicamente correctos siempre que en términos de plata sean sustentable. Y sustentable quiere decir que sus inversiones generen en tiempo razonable la rentabilidad deseada, y la empresa sea exitosa. La vida del empleado es reducida a números componentes de su estructura de costos. Más allá de eso, nada importa. Reduce su servicio a la comunidad a dar trabajo al desocupado, y hacerlo como limosna lo que es uno de los derechos humanos esenciales.
Indudablemente que las cosas están de patas arriba. El eje central de la vida social, económica y política de la comunidad, del país, debe volver al Ser Humano y al Trabajo como único camino de realización y creación de la Vida. Y supeditar al mismo todas las otras cuestiones, en particular las económicas – financieras que oprimen y tiranizan avasallando la existencia colectiva, de las personas y la naturaleza. En tiempo de prosperidad,  no es posible conformarse con reducir la desocupación y la pobreza;  indigna y subleva,  hasta los más mansos, que se juegue demagógicamente con los sueños y legítimas aspiraciones de justicia y libertar de los miles de seres humanos que luchan y crean en silencio la riqueza y la civilización. Todo ser humano, por ser tal, merece un trabajo decente que le permita realizar una vida digna.

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