De alcaldías sin gente y aeropuertos sin aviones


 César GARCÍA ACOSTA

España, quiérase o no, siempre ha sido un punto de referencia para Uruguay. Debemos reconocer que lo que allá ocurre, en mayor o menor medida, es algo que se traslada sobre el océano y se instala en nuestro país, a partir de las voces más encumbradas de los más disímiles tonos de la política uruguaya.
El panorama suele ser variopinto, aunque la lógica, muchas veces, es superada por el interés político de innovar sobre algo que ya está definitivamente laudado y que no admite otra justificación que la tomar lo de allá, como la verdad de acá. Ese ha sido un error político cometido por los unos y los otros del mundillo político uruguayo.
Yendo al tema que pretendo abordar en esta columna, y sin preámbulos, digo que la mentada descentralización municipalista uruguaya, aquélla instalada en el país desde la década de los años noventa cuando Tabaré Vázquez accedió por el voto popular al Palacio de Ladrillo, sede del Gobierno de Montevideo, ha sido un fracaso absoluto que como ejemplo tiene las resultancias de su fuente de inspiración, los gobiernos autonómicos y municipales de España.
Finalizada la época gubernamental del PSOE con la debacle económica europea, de la que han sido protagonistas principales los defensores de ese crecimiento de lo local signado hacia lo gubernamental, se observa a una España donde el 50% de los recursos del Estado se manejan en el ámbito de las comunidades autonómicas, una especie de asociación de los Gobiernos Departamentales uruguayos que se integran con Municipios y regiones que, a lo largo y ancho de toda España, dotaron al usuario de un sistema de servicios que llegaron al colmo de tener un aeropuerto en comunidades de escasa población, a la que paradojalmente no llega ni un solo avión.
Ese esquema, trasladado al Uruguay de nuestros días, ha transformado a los CCZ de Tabaré Vázquez, cada uno con su Consejo Vecinal, en 8 Municipios en la ciudad capital del país, al que se agregan otros tanto más en el resto del Uruguay hasta llegar a los 89 Municipios, cada uno con infraestructura funcional propia e independiente y con un Alcalde como figura central, que votado por el pueblo –no libre ni autónomo- sino como un funcionario municipal más que dependiendo de su Intendente, puede hacer y decir algo hasta contrapuesto con el gobierno que integra.
La paradoja política más destacable sobre este tema, la protagonizó el propio canal de televisión de la Intendencia de Montevideo (TV CIUDAD), quien en una representación cuasi teatral simuló en una esquina de la ciudad el debate de tres ciudadanos que se adjudicaban el rol de ser el más importante en su comunidad: mientras dos debatían quién era más importante, el tercero con acuerdo de la mayoría, era desplazado porque al presentarse como Alcalde de la zona pudo ser increpado con un: “¿y a vos quién te conoce?”.
Y ciertamente, en cualquier ciudad fuera de Montevideo, como en ella, nadie conoce a su Alcalde; nadie sabe qué reclamarle y mucho menos para qué lo votaron si su rol se superpone con lo que ya se conocía en materia de prestaciones de los servicios básicos, que era el del Intendente de su comunidad.
Hoy se empieza a hablar de “autonomía” en la gestión de los Municipios, la que parece no ser la misma que las de las Intendencias; es algo así como querer ver con otra perspectiva el modelo de recoger la basura, limpiar la ciudad, trazar las líneas de su transporte público, o hacer funcionar el alumbrado.
Es como si terminar con la guerra de las patentes, necesariamente deba suponer la obligación gubernamental de tener primero calles transitables y con mejores servicios, como semáforos y menos baches. Parece que la gente, el contribuyente, debe obligarse a pagar por un servicio que no tiene aunque la obligación le haya sido generada por la vía del decretazo.
Tenemos todos los ciudadanos, y en particular los del “mundillo” político, la obligación de repensar qué supone tener 89 Municipios, 19 Gobiernos Departamentales con 19 Juntas Departamentales, para hacer lo mismo que tiene obligación de hacer cualquier gobierno que no tenga esta estructura.
Esto del primer, segundo o tercer nivel de gobierno valdrá para un país o una región con una población creciente difícil de atender desde las estructuras centrales, no aquí en Uruguay, donde toda su población no supera a la del barrio La Matanza en Buenos Aires, o a una “favela” de las tantas que tiene Río de Janeiro, en Brasil.
Si seguimos este tren de democratizar la democracia con más estructura en vez de con más participación ciudadana, lo que estaremos haciendo es lo de España, descentralizarlo todo al extremo de tener un aeropuerto en cada comunidad, aunque sin aviones.  

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