Alexis de Tocqueville fue un pensador francés, jurista, político y precursor de la sociología clásica. Se lo considera uno de los más importantes ideólogos del liberalismo. En su obra “De la Democracia en América”, pueden identificarse muchos de los problemas que padece la operatividad de las democracias del siglo XXI, de sus gobiernos, incluido el uruguayísimo tercer nivel de gobierno, el Municipal, que inventamos de modo grandilocuente y que para la gente mereció tan sólo un 30% de aprobación en las últimas elecciones. Pero mucho más se puede aprender de Tocqueville al entrar de lleno al ángulo de su percepción sobre la “libertad”, la que define como el factor central del alma del sistema de cohabitación en el que estamos insertos.
En su recorrida de nueve meses por los EEUU, Tocqueville observó el alto grado de descentralización de su administración: lo que le llamó la atención, porque después de todo, en su Inglaterra donde se alardea que el gobierno, el parlamentarismo y la acción ejecutiva funcionaron desde siempre como un solo elemento del engranaje político del país, las cosas no eran tan participativas.
Tomando sus conceptos “… la centralización es una palabra que se repite sin cesar en nuestros días, y de la que nadie, en general, intenta precisar el sentido. Algunos intereses son comunes a todas las partes de la Nación , tales como la formación de las leyes generales y las relaciones del pueblo con los extranjeros. Otros intereses son especiales de ciertas partes de la Nación , tales como, por ejemplo, las empresas municipales. Concentrar en un mismo lugar e en una isa mano el poder de dirigir a los primeros, es fundar lo que llamaré la centralización gubernamental. Concentrar de la misma manera el poder de dirigir a los segundos, es fundar lo que llamaré la centralización administrativa. Y hay puntos en los que estas dos especies de centralización llegan a confundirse. Pero tomando, en su conjunto, los objetos que caen más especialmente en el terreno de cada una de ellas, se llega fácilmente a distinguirlas…”
Siguiendo con su afán por desentrañar la sustancia del concepto gubernamentalista, Tocqueville dice: “… se comprende que la centralización gubernamental adquiera una fuerza inmensa cuando se une a la centralización administrativa. De esta manera acostumbra a los hombres a hacer abstracción completa y continua de su voluntad; a obedecer, no una vez y sobre un punto, sino en todo y todos los días, Entonces, no solo los doma por la fuerza, sino que también se apodera de ellos por sus costumbres; les aísla y los apresa luego, uno por uno, en la masa común. Estas dos especies de centralización se prestan un auxilio mutuo, se atraen la una a la otra; pero no puedo creer que sean inseparables…”
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Vengamos a la realidad actual del Uruguay: ¿qué pretendió el sistema político cuando creó un tercer nivel de gobierno –el Municipal- al que lo concibió dentro de la estructura de funcionamiento de las Intendencias Departamentales, hasta con sujeción jerárquica al Intendente? ¿Para qué consagró su existencia mediante el voto, para después someterlo a un sistema tan perverso que lo dejará condicionado a la centralización administrativa de la que tanto habla Tocqueville?
A vía de ejemplo y más allá de los 89 Alcaldes que tenemos en Uruguay, debemos afirmar que las leyes de descentralización sólo contemplan dependencias funcionales, presupuestales y de funcionamiento, lo que hace que los Municipios sean, en competencia, recursos y hasta en gestión, absolutamente dependientes del Gobierno Departamental.
¿Qué votó entonces la ciudadanía uruguaya?
¿El sistema político fue honesto al hablar de un tercer nivel de gobierno, cuando al referirse a las autonomías no contempló gestión, recursos y competencias?
¿Dónde radican las causas para tal agravio político?
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Antes e los comicios de mayo de 2010 pocos se animaban a hablar de los Municipios; un mes antes de las elecciones las encuestas daban cuenta que la sociedad uruguaya y en particular la de su ciudad capital, Montevideo, desconocía no sólo las virtudes de un sistema descentralizado, sino sus formalidades, posibilidades de construcción de ciudadanía y el posible mejor nivel de la prestación de los servicios.
Ya entrado el 2011 los Intendentes, verdaderos jefes políticos del sistema municipalista, adoptan la decisión de enfrentar a la Ley de Empadronamiento de Vehículos Automotores como no lo habían hecho antes. En clara señal de un caudillismo que creíamos los uruguayos de todos los partidos políticos, que había empezado a pasar a la historia, algunos Intendentes empiezan a negociar la aplicación o no de la ley como si ésta en realidad no existiera.
Hemos presenciado cómo los Intendentes del Partido Nacional, haciendo gala de un poder sin sustento en votos (sólo considere el lector que Montevideo y Canelones superan en habitantes a los 12 Intendentes nacionalistas), asumieron que por ser mayoría están en condiciones de desconocer la institucionalidad del país.
La hora ya es llegada, ciertamente, para que la guerra de las patentes llegue a su fin, pero eso irá de la mano de Leyes que todos debemos cumplir y no pactos o armisticios signados al fracaso por estar envalentonados en principios perimidos tanto para la historia, como para el presente y futuro del país.
Seguramente si Tocqueville pudiera opinar sobre esta realidad uruguaya, diría “dentro de la ley todo y fuera de la ley nada”.
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